Hoy en… El Mirador… “Las dos hermanas que hicieron de su casa un santuario de Evita”


Un recorrido histórico trae al presente a las hermanas Zulema y Haydeé Ressia. Acontecimientos que tienen un recorrido particular en nuestra ciudad sobre finales de los 70

Recostada en una cama ortopédica en la residencia presidencial – entonces en el Palacio Unzué de la avenida Las Heras – Eva Duarte perdía su última batalla en el anochecer del 26 de julio de 1952, cuando el cáncer que la hostigaba se desencadenó sin retorno. Hace 68 años, la grave voz del locutor oficial anunciaba en el luctuoso mensaje “que a las 20,25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación”.

Un día antes, el general Perón se sentó al borde de la cama, y la escuchó por última vez: “sé que no tengo mucho por vivir, quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí”. Su esposo intentó callarla, poniéndole el dedo índice sobre los labios, pero ella continuó para dejarle en claro su voluntad postrera, como si fuera la letra de su testamento: “Juan, no abandones nunca a los pobres, que son los únicos que saben ser fieles”.

En ese devenir hacia el epílogo, a veces se sentía mejor, e insistía en volver a la Fundación que llevaba su nombre. Es que las necesidades de la gente se habían convertido en exigencias para ella, y ayudaba sin parar: un trabajo, unas chapas, una máquina de coser, una bicicleta, una operación, una pensión. Nadie salía sin su esperanza colmada, además de procurar resolver los encargos contenidos en las 3 mil cartas diarias que llegaban. Noches enteras de trabajo la desvelaban buscando soluciones. Muchas veces, Perón salía para la Casa de Gobierno, y Eva aún no había regresado.

Se habían conocido en el Luna Park, en ocasión de un festival para reunir fondos destinados a asistir a las víctimas del devastador terremoto de San Juan. 48 años él, 24 ella. Ya no se separarían, hasta acompañarlo por el país durante la gira política que desembocaría en el 24 de febrero de 1946 consagrando a Perón por primera vez como Presidente de la Nación con la sigla del Partido Laborista.

ESPERANDO A PERÓN
Pocos días antes, el 19 de febrero, el tren que regresaba a Buenos Aires en el tramo último de esa campaña, se detuvo en la estación de Trenque Lauquen, Allí Perón se dirigió a la gente que cubría el playón del ferrocarril, mientras Eva permanecía en el interior de uno de los vagones, donde un grupo pudo acceder a saludarla.

Entre los que vitoreaban al futuro presidente, algunos, en los años sucesivos, serían importantes dirigentes en la historia del peronismo local, y de hecho, el locutor de ese acto fue Juan Jaime Ciglia luego elegido tres veces intendente del distrito. Y mezcladas en el lugar había dos mujeres jóvenes, dos hermanas, Zulema y Haydeé Ressia, que ni imaginaban que el calendario en el futuro les impondría una misión inesperada.

Esa noche del 26 de julio, con Eva ya sin vida, Asunta, su fiel asistente, se dio a la tarea, para vestirla en el féretro, de adaptar rápidamente un modelo de raso blanco del diseñador francés Jacques Fath a los 31 kilos que dejó Evita sobre su cama. Apenas dos menos que su edad: 33 años.

También el médico anatomista español Pedro Ara comenzaría con el trabajo de embalsamar su cuerpo, a la par que el velatorio se prolongaba varios días y finalmente sus restos depositados en la CGT.

De esa sede de los trabajadores, a la caída de Perón en septiembre de 1955, serían secuestrados por un comando militar poniéndolo en la línea de salida hacia un innoble derrotero que incluyó en su mayor tramo el secreto entierro del ataúd con otro nombre en el cementerio de Milán, Italia, hasta su devolución al general Perón en Madrid en 1971.

Pero entre su muerte y el golpe que derrocó a Perón, una provincia argentina  – hoy La Pampa – la capital bonaerense, que  luego retomaría su original denominación de La Plata, calles, edificios públicos y otros lugares serían bautizados o mutarían su nombre por el de Eva Perón.
Trenque Lauquen no sería ajena, y la calle Tucumán, pasó a ser designada Eva Perón, renombrándosela Uruguay ya como consecuencia de la destitución del segundo gobierno peronista.

Precisamente, en el final de la rambla de esa calle y el Boulevard Villegas, entre el Banco Provincia y la plaza San Martín fue levantado el busto en homenaje a Evita, que tras el golpe militar del ’55 fue derribado a mazazos con la fuerza del irracional revanchismo.

Sería emplazado otro en 1974, aunque poco duró nuevamente. Al producirse la asonada de marzo del ’76 y el inicio de la cruenta dictadura militar es otra vez retirado. Allí estaban expectantes las hermanas Ressia, junto a los grupos de curiosos que se habían agolpado en las esquinas.

LA MISIÓN DE CUSTODIARLO
Inquietas por su destino, no vacilaron en seguir a la distancia en su automóvil, un Dodge 1500, a la camioneta en la que había sido cargado. Una sensación de alivio las invadió cuando observaron que lo dejaban en manos de Jaime Ciglia, el intendente que también había cesado en su mandato popular por obra del golpe castrense, y un interventor militar se hacía cargo del municipio.

Se abriría un nuevo capítulo, cuando en mayo de 1979, don Jaime decidió junto a su esposa Juanita alejarse de la ciudad para radicarse en Necochea, donde vivía su única hija, dejándoles en custodia a las hermanas Ressia el busto, que pasó a ocupar un lugar preferencial, junto a otros recuerdos y cuadros, entre ellos, el clásico de Perón, montado en su caballo pinto, en su domicilio de la calle Alem, vereda par, entre Roca y Avellaneda.

Allí estuvo casi diez años, convertida la vivienda en un santuario, un lugar de veneración y culto, a la que los suyos distinguieron como “la abanderada de los humildes”. La casa se llenaba de visitantes durante el día, algunos con ramos de flores en sus manos, y se organizó el rezo diario del rosario.

Hasta dos sacerdotes españoles pasaron por allí e improvisaron una misa. En todos los casos asumiendo el riesgo de que gobernaba el país una dictadura militar, que no solía ser contemplativa con este tipo de actividades, y las castigaba de la peor manera.

Pero llegó la última etapa democrática, y el busto volvió a su lugar original, donde aún permanece. A Zulema y Haydeé Ressia les había quedado un lugar vacío, y jamás hasta sus muertes se acostumbraron a esa ausencia. Fueron reconocidas luego con sendas medallas por el Partido Justicialista, pero para ambas su mayor condecoración fue haber tenido en custodia aquel busto de Evita durante casi una década.

Via: DataTrenque – HOY EN… EL MIRADOR… “LAS DOS HERMANAS QUE HICIERON DE SU CASA UN SANTUARIO DE EVITA”


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