Freno a la exportación de maíz: un remedio equivocado y una pésima señal


Restringir las exportaciones de maíz, la segunda fuente de divisas de la Argentina (5.000 millones de dólares en el 2020), es un dislate que ya no sorprende. Es una simple reincidencia en el modelo que implantó más de diez años atrás el entonces secretario de Comercio Guillermo Moreno, basado en la filosofía del “desacople”. La idea es evitar que los precios internos copien los precios internacionales.

El resultado es conocido. Nuestra memoria tiende a ser corta, pero conviene recordar que la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner terminó agonizando por falta de dólares. Ocasionada, precisamente, por la caída de las exportaciones agroindustriales. En particular, de maíz y trigo, los dos productos que además de las retenciones que capturaban toda la renta del productor, padecían la estrategia de las restricciones a la exportación. Todo en nombre de la mesa de los argentinos.

En el caso del trigo, la estrategia llevó a que a mediados del 2015 fuera necesario importar trigo de Uruguay. Argentina había sido históricamente uno de los grandes proveedores internacionales del cereal. Brasil, en particular, dependía en buena medida del abastecimiento de trigo argentino. El default los llevó a importar de otros orígenes, justificando que los molineros brasileños exigieran a su gobierno que se eliminara la preferencia Mercosur, generando un pésimo antecedente para el comercio bilateral.

En el caso del maíz, un cultivo que venía incorporando nuevos paquetes tecnológicos, se frenó el crecimiento a partir del 2010. El gobierno de Macri eliminó las retenciones y sobre todo las restricciones a la exportación. Se pasó en tres años de 20 a 50 millones de toneladas. A un precio de 160 dólares la tonelada, son 5.000 millones de dólares de diferencia. Esto es lo que se pone en juego nuevamente ahora. Porque aunque la medida es “transitoria”, la recurrencia es una tribulación típica de la era K.

En cuanto al trigo, venía incorporando avances tecnológicos que prometían un salto gigantesco en la productividad, cosa que se está viendo ahora, con rindes excepcionales en el sur de la provincia de Buenos Aires, desde donde escribo estas líneas.

Hace 35 años, el trigo rendía 2.500 kilos por hectárea. Ayer estuve viendo rindes de 8.000 kg en cultivos que habían recibido todo este nuevo paquete, que incluye nuevas variedades, fertilización inteligente, óptimo control de malezas y enfermedades, siembra directa, etc. Todo esto a pesar de que persisten los derechos de exportación, que implican una quita de precio.

Pero la restricción de las exportaciones al maíz (que abre una caja de Pandora que podría extenderse a otros cultivos) no sólo significan un recorte, sino la amenaza de no contar con un precio de referencia. Y así la aplicación de tecnología es inviable. Se había bajado a 10 millones de toneladas en el 2015. Sin restricciones se subió a 20 y se podría llegar a 30. A 200 dólares la tonelada, son otros 5.000 millones de dólares, el 75% en exportaciones.

Estas medidas, que apuntan a que el precio internacional del maíz no se meta en el mercado interno, finalmente no tienen impacto alguno en la mesa de los argentinos. La incidencia del trigo en el pan es mínima.

​El maíz impacta, es cierto, en el costo de producción del pollo, pero los productores avícolas saben que su principal problema no es el costo de producción sino lo que sucede entre el galpón y la góndola. Lo mismo pasa con el pan: el trigo no llega a ser el 10% del precio de venta de una milonguita. Y mucho menos en el de una factura.

La medida será vendida como políticamente correcta, en nombre de la mesa de los argentinos, muy proclives al discurso facilista del populismo. Nunca debemos olvidar el axioma de nuestros abuelos, que saben que hay medidas que son pan para hoy y hambre para mañana.

La solución es el crecimiento. Cuando más se exporta, mejor funciona toda la economía. Desde los salarios hasta los ingresos fiscales. El agro ha dado muestras contundentes de su resiliencia y capacidad de crecimiento, en una constante huida hacia adelante a pesar de las malas decisiones. Ahora el Gobierno ha tensado la cuerda, nuevamente. Pésimo arranque del año.

Fuente: Clarín

 

 


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