El peligroso consenso político sobre las retenciones “inevitables”: ¿quién podrá defendernos?


El influyente productor agrícola José Álvarez, “Bumper Crop” en las redes, analiza cómo la política llegó a naturalizar las retenciones a la exportación

Por José Antonio Álvarez (Bumper Crop)

El peligroso consenso político sobre las retenciones “inevitables”: ¿quién podrá defendernos?

“Yahora, ¿quién podrá defendernos?” La conocida frase, que lleva ya varias décadas retumbando en los televisores, parece describir bastante bien el sentimiento que tienen los titulares de las casi 300.000 pequeñas y medianas empresas agropecuarias de la Argentina que todavía quedan en pie. Estamos en un año electoral, otro más de los tantos que tenemos -de hecho, la mitad de nuestro tiempo estamos transcurriendo un año electoral- y una esperanza se renueva. ¿Se renueva o es simplemente un cambio de matices?

Esperemos que no, que finalmente la dirigencia haya sabido llegar a la conclusión de que el origen de la pobreza, de los sueldos magros, de las paupérrimas jubilaciones, de la baja productividad de quienes trabajamos, de la falta de oferta de trabajo genuino y productivo, de la inexistencia de inversiones, de la falta de divisas en la economía y finalmente, de la inflación, tiene que ver -entre otras cosas, pero fundamentalmente- con el desprecio que ha mostrado la sociedad en su conjunto -pero sobre todo la dirigencia política de las últimas dos décadas- por la generación de riqueza real y tangible, por la acumulación de capital y por el comercio exterior.

Poco se discute en este año electoral sobre la normalización de la economía y de la importancia del círculo virtuoso que caracteriza a absolutamente todos los países que pudieron salir de la pobreza de manera definitiva y sostenible en el tiempo.

No hay salida definitiva de la miseria que no contemple la inversión y la acumulación de capital en manos de quien produce bienes y servicios demandados por el mundo. Pero esa inversión y acumulación de capital depende del desahogo impositivo de las empresas.

No es un dilema propio del que se pregunta inútilmente qué vino primero, si el huevo o la gallina. En economía, no hay inversión posible -y mucho menos acumulación de capital- si primero no hay un cese en la exacción fiscal. Y no habrá nunca un cese en la exacción fiscal si primero no hay una disminución del gasto público. Y de esto último, muy poco se habla.

Bajo la presión impositiva, el campo no invierte y la producción se ubica en menos de la mitad de su volumen potencial, sostiene

Aportando más del 100% de la renta

El sector agropecuario (y fundamentalmente el agrícola) argentino es el responsable del 93% de la balanza comercial positiva del país. Y el que trae el 70% de las divisas totales. Y lo hace aún, soportando en años normales, una participación del Estado en la renta agrícola de casi el 80%.

Ese 80% se transformará, en un año como éste, seguramente en más del 100% para muchas de esas pequeñas y medianas empresas.

A esta altura, muchos se preguntarán “¿cómo es posible tener una participación del Estado en la renta superior al 100%?”. Las empresas agrícolas subsisten los años de penuria, desde hace más de 20 años, comiéndose el capital. La manera más fácil de comerse el capital fundiario es no reponiendo los nutrientes extraídos al suelo.

El mayor capital que tiene un país productor de alimentos son justamente sus suelos. Para que se tome real dimensión, reponer solamente el fósforo que consumimos de nuestros suelos en estos años costaría hoy unos 35.000 millones de dólares, y estamos hablando sólo de un nutriente.

Argentina está hoy en condiciones técnicas de producir 300 millones de toneladas anuales sólo de sus cinco cultivos extensivos principales, pero solamente produce entre 130 y 140. Y este año, va a ser con suerte la mitad de esa ya reducida cifra.

Es decir, la Argentina funciona, en años normales, a la mitad de su capacidad, y a menos de la mitad de su capacidad exportadora. Normalizar esta cuestión implicaría duplicar el PBI total y el PBI per cápita en muy poco tiempo, muy probablemente, en sólo una década.

Los países productores de alimentos, y exportadores netos de los mismos, son apenas un puñado de diez en el concierto de casi 200 países que existen hoy en día. Son los que están llamados a alimentar a la humanidad en el futuro, a proveer a más de 8.000 millones de personas que se alimentan de dos a cuatro veces por día, los 365 días del año de alimentos y nutrientes de acá a la eternidad, constituyéndose así en los proveedores de bienes con mayor demanda en cantidad y tiempo que existen, junto con los que proveen energía. La Argentina también está llamada a ser una de las grandes proveedoras de energía, pero eso lo voy a dejar para quien entiende en serio del tema.

La percepción de los productores agropecuarios es que en el debate político quedó naturalizado que las retenciones al agro son una situación inevitable

El costo oculto de las retenciones

Volviendo a la pregunta inicial para no irme demasiado por las ramas, o los macollos en este caso, ¿qué chances tenemos los productores de ver normalizada la situación en el próximo gobierno?

Pues bien, por lo poco que ha revelado la oferta electoral, pocas son las posibilidades de ver una eliminación de derechos de exportación (impuesto que no existe en ningún otro país productor y exportador de alimentos en el mundo) en el corto plazo. Tampoco está muy claro qué programa de normalización y eliminación de los múltiples tipos de cambio se está previendo.

Como dije antes, duplicar la producción argentina y más que duplicar las exportaciones, el ingreso de divisas y el PBI depende, necesariamente, de la eliminación de los derechos de exportación (mal llamados retenciones) y de la eliminación de los múltiples tipos de cambio.

Mientras eso no ocurra, no habrá crecimiento ni desarrollo de la producción, ya que el óptimo uso de recursos e insumos hace que el ideal económico se sitúe muy lejos del ideal agronómico, desperdiciando recursos humanos, radiación solar, precipitaciones, fertilidad de nuestros suelos, y fundamentalmente, nuestro tiempo y nuestras vidas produciendo y generando riqueza muy por debajo de nuestras posibilidades y potencial.

Otro tanto ocurre con la superficie bajo producción agrícola, que es hoy la mitad de la potencial, ya que queda fuera de la actividad una superficie similar a la actual, pero de calidad marginal, donde la presión impositiva la torna inviable, económicamente hablando. Todo lo que dejamos de producir no se recupera nunca más, ya que la producción agrícola no es una extracción de un stock fijo, sino una generación de riqueza donde antes no había nada.


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